Por Luza Alvarado
Llamé a mi jefa para avisarle que no iría a trabajar: “Tengo fiebre, me dijo el doctor que sólo es una gripa. A ver si mañana me siento mejor”. Había resistido algunos días, pero con el estrés de la semana pasada me bajaron las defensas y terminé por atrapar una de esas gripas mayúsculas.
Cuando una está tirada en la cama con fiebre y sintiéndose del carajo, todo se mira diferente. El dolor del cuerpo funciona como un recordatorio y nos hace valorar la salud por encima de todo eso que parece “importante” en circunstancias cotidianas.
Estuve pensando que se nos ha enseñado que el silencio del cuerpo es equivalente a la salud, y que la enfermedad es algo así como un enemigo, un mal externo que ataca a nuestros órganos para robarnos el equilibrio. Así, llegamos al consultorio del doctor, nos da un tratamiento específico para aliviar los síntomas (callar al cuerpo) y “expulsar al bicho” (combatir la enfermedad). Entonces sonreímos y decimos: “Qué alivio, era algo pasajero”. Pero cuando nos enfermamos una y otra vez en un mismo periodo, o bien, cuando tenemos síntomas extraños que ningún doctor –estudios de laboratorio en mano– atina a diagnosticar, puede que se trate de algo más complejo.
Pongo el caso cercano de Bertha, mi compañera de la oficina. Hace unos meses comenzó a presentar un severo problema de migraña seguido por mareos y desajustes en la presión. Tomó un tratamiento que le funcionó un tiempo, pero ahora ha comenzado con desmayos y otros síntomas que apuntan a problemas cardiacos o neurológicos. El otro día llegó con sus exámenes médicos : todo salía normal. “Te juro que no estoy loca”, repetía una y otra vez, “me siento fatal y no estoy inventándolo”. Empezó a desahogarse y de pronto conectó la aparición de los primeros síntomas físicos con una situación en casa: desde que las discusiones con su marido se habían hecho insoportables, ella comenzó a ignorarlo para no generar pleitos frente a sus hijos. Pero eso no solucionó nada, simplemente estaba evadiendo, encapsulando el problema… hasta que su cuerpo le pasó la factura. De ser una chica sana y alegre, sin antecedentes familiares relacionados a los males físicos que presenta, ahora está deprimida por partida doble: debido a su situación emocional y a la serie de enfermedades que comienza a padecer.
Me pregunto cuántos casos habrá como el de ella. ¿Acaso una inminente separación es menos dolorosa que una migraña? ¿Acaso nada más somos órganos, músculos y fluidos?
Existen muchas disciplinas médicas serias, tanto modernas como antiguas, que no ven al ser humano como un cúmulo de órganos que funciona separadamente de la psique (o del alma, como se prefiera). Estas disciplinas plantean que así como los males físicos pueden afectar nuestro estado de ánimo, los otros “males invisibles” –el estrés, la tristeza, la ansiedad, el rencor– también nos afectan físicamente.
Aunque todo el mundo se sabe el dicho de “mente sana en cuerpo sano”, hay dos situaciones que me llaman la atención porque contradicen este ideal:
1) Nunca he escuchado que un doctor (un cardiólogo, por ejemplo) recomiende a su paciente que vaya con un psicólogo o que busque una terapia alternativa para complementar y/o reforzar su tratamiento médico.
2) Hay personas que después de visitar muchos consultorios sin obtener respuestas, cambian la medicina alópata por la llamada medicina alternativa. Al principio parecen estar curadas, pero al poco tiempo recaen porque hay algo básico que no han modificado: sus hábitos, su forma de pensar, su actitud ante los problemas, su manera de relacionarse consigo mismas y con los demás. En otras palabras, su forma de vida.
Definitivamente, las personas más sanas que conozco son aquellas cuya vida interna es tan importante como la externa. A veces pienso que muchos de mis males, visibles e invisibles, podrían evitarse si trabajara por que mi cuerpo fuera la expresión armoniosa de un auténtica paz interior.
Y tú, ¿cuál crees que sea la clave para estar sana?
Todos podemos tener nuestros momentos de mal humor que se consideran totalmente normales, pero, si el mal humor se instala en forma permanente en nuestra conducta y comienza a ser algo más que circunstancial, deberíamos conocer las causas y hacer algo al respecto ya que la convivencia con un malhumorado resulta espantosa.
Nosotras solemos coincidir en aquellas cosas que nos producen un intenso malhumor como por ejemplo el despertarnos a las tres de la mañana por los dolores de panza que nos provocó la venida de la menstruación. A esa hora también nos desayunamos con que no tenemos ni calmantes ni toallitas por lo que debemos vestirnos de apuro y buscar una farmacia de turno.
A oscuras tomamos un pantalón y descubrimos con asombro que ese que usábamos antes de salir de vacaciones, hoy, no nos cierra. Entonces nos ponemos un vestido que más que un vestido parece una carpa.
Una vez de vuelta en casa intentamos retomar el sueño pero nos resulta imposible ya que el señor que nos acompaña no deja de roncar.
Cuando por fin logramos nuestro objetivo de dormitar, al menos un par de horitas más, nos despierta el llanto de nuestro hijo que vuela de fiebre y presenta unas pequeñas manchitas rojas en la piel (síntoma de que se vienen al menos una semanita de reposo y llanto permanente).
Finalmente una vez levantadas, con la casa en funcionamiento, nuestro príncipe azul se queja porque justo la camisa que se quería poner es la única que no esta planchada.
El día continúa y mientras ordenamos la casa notamos que el baño se tapó y el agua llegó a mojar la alfombra que en breve comenzará a largar olor a humedad.
Intentando cambiar la cara y retomar el humor habitual nos sorprende un llamado de nuestra suegra que nos comenta que el Bebé seguro que se enfermó por un descuido “sin intención” y es por eso que ahora vuela de fiebre el pobrecito. Además, nos da técnicas revolucionarias para su cuidado porque las que aplicamos nosotras no producen efecto positivo en nuestro hijo.
Suena el timbre y el encargado nos acerca la cuenta del gas que se retrasó, llegó a mitad del mes por lo que ya está vencida y hay que acercarse a las oficinas centrales para realizar su pago.
El día continúa y los problemitas siguen apareciendo.
En el trabajo ascendieron a nuestra compañera y a nosotros no, el pronóstico anticipa lluvias para todo el fin de semana…
Sobran los motivos para estar de mal humor pero también debemos saber que el malhumorado suele ver siempre el lado negativo de las cosas. Y, por lo general, se predispone mal a todo y entonces todo termina saliéndole mal.
Los malhumorados por lo general son personas eternamente disconformes, intolerantes e individualistas que no pueden ser felices de ninguna manera y que, con su mal humor, canalizan sus energías negativas provocadas por sus desequilibrios emocionales y lo convierten en un hábito.
Estas personas son muy difíciles de tratar porque creen tener siempre la razón.
Amigas, debemos saber que el mal humor es un defecto del carácter que produce conflictos de relación, discordia familiar e infelicidad, y lo más grave de este modo de ser, es que es contagioso.
Intentemos entonces respirar dos veces antes de poner cara de ….y luchemos contra el mal humor.
A vos ¿qué cosas te ponen de inmediato de mal humor?
Sonia, mi vecina, esta desesperada mirando cada 5 segundos la pantalla de su celular.
Hace días que no tiene noticias de su nueva conquista que prometió llamarla “en la semana” para ir a comer. Su desesperación radica en que ya llegamos a viernes y de Juan Cruz… ni noticias.
Más de diez veces me hizo llamarla al celular para ver si su aparato funcionaba.
La verdad es que no entiende por que aun no la llamó. A su parecer, todo venia viento en popa en esta nueva relación que recién estaba comenzando.
Sonia es bonita, inteligente y alegre. Pero hace un par de años que está sin pareja. Según mi novio, Sonia tiene cosas que hacen que sea imposible que un hombre aguante. Dice que es chusma, metida y que no tiene vida propia.
Yo, se lo niego a muerte. Si bien reconozco que se pasa la vida intentando descifrar las claves del correo electrónico de todos los novios de sus amigas para averiguar en que andan.
Para intentar descifrar el porque no la llamó aun le pregunte acerca de su ultimo encuentro con el candidato en cuestión.
-La pasamos barbaro, me dijo.
- No entiendo que lo pudo haber ahuyentado de mi.
Sonia habla bastante…yo diría que hasta con las plantas y por los codos.
Ella dice estar muy comprometida con sus amigas y que eso requiere tener una charla diaria, o bien telefónica o bien personal, de unos aproximados 45 minutos.
En su ultima salida con Juan Cruz fueron al cine y dio la casualidad que justo en el climax de la película sonó el celular de Sonia (que ella no apaga jamás) y “tuvo” que consolar a una amiga que estaba atravesando el drama de no tener nada que ponerse para una fiesta.
Al salir del cine y con apenas tres semanas de conocerse, Sonia le hizo una escena de celos porque Juan cruz había desviado su vista hacia el tremendo escote que tenia la vendedora de bebidas.
Como si esto fuera poco, cuando Juan Cruz propuso ir a tomar algo a un bar cercano, Sonia confeso preferir ir al Shopping ya que por ser viernes y a esa hora, había un descuento de dos por uno en un local de ropa femenina. Programa que terminaron haciendo hasta pasadas las 22 hrs.
Una vez de vuelta al llegar el momento de la despedida ella evito el beso en la boca que él intento darle. Su negativa dijo, se debió a que antes de besarlo necesitaba asegurarse una relación futura. Prefería conversar acerca de sus planes con respecto al compromiso entre ambos. Ella con su mejor sonrisa le confesó que sueña con ser madre en no más de dos añitos.
Realmente sigo sin entender porque aun Juan Cruz no la volvió a llamar, si Sonia el linda, inteligente y divertida.
¿Que cosas detestan ellos de nosotras?
Por Luza Alvarado
Llega un momento en que todas las parejas experimentan una crisis de aburrimiento. Es entonces que se recurre al lugar común: “la rutina mata el amor”. Ya, hablando en serio: ¿realmente es la rutina la que termina con el amor? Vayamos por partes.
1) Cambiar el ritmo
Nos guste o no, todos amamos nuestras rutinas porque nos hacen sentir seguros y nos dan la sensación de que las cosas están bajo control. La palabra rutina viene de ruta, camino o itinerario. La rutina es el camino que trazamos para organizar la vida cotidiana y que los días rindan para hacer lo que necesitamos. Además, nos permite establecer un ritmo de vida que también regula funciones vitales como el descanso y la alimentación.
Conforme una rutina nos ahorra recursos la vamos perfeccionando. Nos resulta tan práctica, tan cómoda, que la repetimos día tras día… hasta que caemos irremediablemente en la monotonía. Un ejemplo sencillo: aunque nos encante una canción, si la escuchamos repetidamente termina por cansarnos. Nuestra cabeza nos pide algo de variedad, un cambio de ritmo.
Los científicos afirman que cuando nuestro cerebro deja de crear rutas nuevas de pensamiento cae en una especie de letargo. Al igual que las articulaciones, va perdiendo flexibilidad y se vuelve rígido ante nuevos estímulos. Es en ese punto donde se disipa toda sorpresa ante la vida, ya nada provoca nuestra curiosidad (ni siquiera un negligé hipersexy). Nos da flojera imaginar o fantasear, nos aburrimos y dejamos de interesarnos por lo que pasa alrededor, incluyendo los problemas de nuestra pareja.
Por definición, toda ruta, todo camino tiene obstáculos. Sin embargo, para nuestro cerebro éstos no son considerados como estorbos o incomodidades sino como estímulos. En términos científicos, un cerebro sano requiere variedad y genera curiosidad. Así, los obstáculos y los retos que implica una nueva rutina son para el cerebro como el agua, el aire y la luz para una planta.
La próxima vez que tu pareja te plantee un reto o un problema, antes de sentir que las cosas van mal míralo como un estímulo para encontrar soluciones. Y cuando sientas que tu rutina (de fin de semana, por ejemplo) es perfecta, quizás es tiempo de comenzar a idear nuevos planes.
2) El mito del confort
Les propongo un ejercicio. Traten de recordar cuántas veces al día la publicidad nos presenta mensajes como “Vive el confort”, “Disfrútalo desde la comodidad de tu hogar”, “El mundo a tu alcance con un solo clic”. No sé a ustedes, pero a mí me resulta sospechosa tanta insistencia en que la felicidad está fincada en el confort.
Resulta que hasta hace unos años, el problema del aburrimiento no figuraba como una de las principales causas de separación entre las parejas. Sin embargo, en tiempos recientes se ha vuelto un problema generalizado. Es más, ahora se tiende a justificar la infidelidad diciendo que una de las partes “se aburrió” de su pareja y se fue a buscar a otra parte “eso que no tenía en casa”.
Este aburrimiento provocado por la rutina personal va de la mano del discurso aleccionador que predica que la vida debe ser confortable. A nadie le resulta cómodo que su pareja lo confronte y le diga que ya estuvo bueno de echar la hueva, que debería de participar más en la crianza de los hijos o que debería de cambiar sus hábitos de consumo a menos que quiera llevarnos a la quiebra. Pero como tendemos a relacionar la felicidad con el confort, entonces preferimos evadir la confrontación de nuestra pareja; sólo queremos “que nos dejen en paz”. Y sí, siempre será más cómodo separarse que cambiar de actitud.
Vivir en el imperio de la comodidad hace que nuestras relaciones se vayan derechito a la mierda. Instalarnos en la rutina probada y comprobada para evadir obstáculos, adormece nuestra voluntad. Refugiarnos en el discurso de “así soy y si no te gusta, se acabó”, es evitar ser confrontados para no cambiar. Buscar relaciones carentes de conflicto es como querer vivir en el vientre materno.
3) ¿Y dónde quedó el amor en todo esto?
Bueno, si uno no quiere ser confrontado, si uno está cómodamente convencido de que no hay necesidad de cambiar, entonces es muy válido optar por la soledad. Lo que no se vale es responsabilizar a los demás de nuestro aburrimiento y abandonar el barco cuando la vida en pareja apenas comienza a ponerse interesante. El mundo, el ser humano y el amor nada tienen que ver con el confort: son imperfectos, cambiantes, están llenos de obstáculos. Pero están vivos y tienen gratas sorpresas para quien se atreve a descubrirlas.
Y tú, ¿estás dispuesto a descubrir lo que el amor tiene para ti?
Por Gina Diaz Tapiero
Desde que tengo uso de razón, siempre escuche a mi mama decirle a mi papa cuando discutían por alguna diferencia lo siguiente, “Alfonso, usted sabe que a mí me gustan las cuentas claras y el chocolate espeso”. Confieso que aunque lo oí muchas veces nunca le preste atención, con decirles que cuando mi hermosa madre lo citaba yo lo repetía a sus espaldas en tono burlesco. Hoy día se exactamente porque mi mama convirtió este refrán en su lema personal.
El lunes, luego de un día bastante difícil en la oficina, llame a mi mamá para saludarla y de paso para comentarle el impase que había tenido con mi adorado tinieblo; quieren saber…… ¿Qué pasó?
Resulta que entre el personaje en cuestión y yo, existe lo que denominados “amigos con derechos”, bueno al menos yo lo consideraba así y estaba segura que el también; la verdad yo simplemente deje que las cosas pasaran, nunca hablamos de reglas o de lo que pretendía cada uno; solo sabíamos que estar juntos era una disfrute total. El domingo, mi querido amigo llego a mi casa sin avisarme en horas de la tarde, yo estaba en compañía de mi hermana y de un amigo que había llegado de mi ciudad natal (Neiva) Huila. Al abrir la puerta ¡oh! Sorpresa, el estaba allí…. de modo que lo hice seguir y le presente a mi amigo.
Pasados unos segundos comencé a notar en él cierto tono en sus palabras de ironía hacia mí y algunas respuestas malintencionadas hacia mi amigo, de modo que decidí pedirle que me acompañara al supermercado a comprar algo para tomar. Al salir del apartamento me tomo del brazo y mirándome furioso me dijo lo siguiente “porque no me dijiste que este tipo venía a visitarte”, sorprendida y un poco confundida le conteste que yo no tenía que darle explicaciones de nada. No sé si mi respuesta no fue la más indicada, pero la escena de celos que este hombre me hizo estuvo para alquilar balcón.
Regularmente cundo iniciamos una relación sentimental, sin importar que tan seria sea, se nos olvida o pasamos por alto el hecho de hablar claramente y sincerarnos con nuestra pareja con respecto a lo que se quiere, lo que se siente, lo que nos gusta, lo que no nos gusta pero por encima de todo se debe sentar un precedente de las condiciones que se tomen entre los dos y con mayor razón si esta relación esta en términos de “ACD” (amigos con derechos).
Comprendí que el viejo refrán es un sabio consejo que nos evitaría muchos inconvenientes y mal entendidos, no solamente en el área sentimental si no en toda nuestra vida. Hablar, ser claros debe ser la base para el buen desarrollo de la comunicación.
Por no abrir mi boca a tiempo y por dejarle todo a la suerte perdí no solamente mi tinieblo si no un amigo. Injustificado o no, porque aunque la verdad su enojo no tiene razón alguna yo debí haberle dicho que yo no quería algo serio con él y que entre los dos no existirían los reclamos ni mucho menos los celos.
Puede sonar cruel para algunos el modo en que tome la situación, pero como dice la protagonista de este relato “mi sabia mamita”, </EM>“más vale un minuto descolorido, que toda una vida colorado”.
Dicen por ahí que es mejor “prevenir que curar”
¿Qué te ha pasado por no hablar? ¿Qué prefieres hablar o callar?
¿SI VOLVIERA A VIVIR?
Por: Aracelis Perez Mayan
Pienso que me gustaría tener una segunda oportunidad sobre la tierra. La vida es tan breve, y tenemos tantos sueños por realizar, que valdría la pena poder regresar. Quizá sea esa añoranza la que alimente la fe de los que creen en la reencarnación y en la posibilidad de otra vida después de la muerte.
Pero lo realmente bueno sería tener fresca la memoria de lo ya vivido. Contar con toda esa experiencia antes de cometer los mismos errores. Poder ver con claridad hacia el futuro, actuar sin miedos, decidir sin titubear.
Ahorraríamos tanta energía desperdiciada en lamentarnos, o en estar tristes, y podríamos dedicarla a edificar y compartir alegría. Disfrutaríamos más de los pequeños momentos, porque ya sabríamos que de eso se trata la felicidad, y no de un estado permanente.
Aprovecharíamos cada minuto, porque habiendo vivido ya una muerte, conoceríamos el límite de nuestro tiempo, y no querríamos quedarnos a ver como la arena se escurre inútilmente en el reloj.
Seríamos más generosos, guardaríamos menos para nosotros y compartiríamos más, teniendo ya la certeza -y no sólo el indicio- de que desnudos vinimos, y desnudos nos iremos de este mundo.
Ordenaríamos nuestras prioridades como corresponde: anteponiendo nuestros sueños a las metas impuestas por otros, el amor a los rencores, la paz al desasosiego.
Pensaríamos más en viajar y menos en comprar una casa. Seríamos menos severos con los nuestros, y con nosotros mismos. Veríamos más puestas de sol y menos televisión.
Perdonaríamos más fácil, porque tendríamos conciencia de nuestra imperfección. Y agradeceríamos siempre, a cada gesto amable, por cada bocanada de aire fresco, por cada amanecer.
Andaríamos de equipaje ligero, concentrados en disfrutar el viaje y no en llegar. Preferiríamos soñar despiertos a dormir a pierna suelta, y correr el riesgo de intentar esos sueños a quedarnos inmóviles por el temor al fracaso.
¿Qué harías si pudieras volver a vivir?
VIOLENCIA VERBAL
Por: Merlina Meiler
Me atrevería a asegurar que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sufrido este tipo de violencia. El maltrato verbal suele ser tan sutil que a veces no nos damos cuenta cuando lo realizamos o cuando lo padecemos. Quién va a pensar que un miembro de nuestra familia (a quien queremos y quien, sin lugar a dudas, nos quiere) nos está descalificando o maltratando. Este tipo de conducta deja heridas muy profundas en quien las recibe, y puede llegar a condicionar todas nuestras acciones.
Gracias a una excelente iniciativa, en estos días vemos por TV un anuncio que intenta concientizar acerca del maltrato verbal, en este caso, a los niños (puedes ver el video aquí). Lógicamente, los niños son los más afectados por este tipo de actitudes, ya que ellos creen todo lo que los adultos les decimos. Si un niño crece pensando, por ejemplo, que no sirve para nada, que su hermano es más inteligente que él o que es un tonto, pues reflejará esto (y más) en su vida adulta. Adoptará conductas para validar esto que le han dicho sus mayores.
Asimismo, me parece importante prestar la debida atención a las dos aristas de esta problemática.
Por un lado, está el maltrato verbal que una persona ejerce, en muchos casos, sin darse cuenta del mal que realmente está causando. Quien descalifica a su semejante, desmerece sus logros e incluso le falta el respeto, ya sea como intento de manipulación, de mostrar su supremacía, de dependencia o la razón que fuera, no será por esto alguien con más poder real ni aumentará su importancia: lo hará ver como una persona mediocre que solo proyecta sus inseguridades de mala manera. Si en algún momento te das cuenta de que estás tratando a alguien de una manera que no desearías y lo lastimas con tus comentarios, pues bien vale la pena hacer el esfuerzo e intentar darle buen trato por uno o dos días... verás el hermoso resultado que obtienes.
Por el otro lado, quienes sufren de violencia verbal desarrollan sus personalidades como pueden, más que como quisieran, suelen ser personas inseguras, en casos retraídas, con baja autoestima (ya que, con el tiempo, se convencen de que lo que les dicen es verdad), con vacíos internos que intentan subsanar de distintas maneras (por ejemplo, buscando una pareja que las siga maltratando). La firme determinación de cambiar este patrón es el primer paso hacia una vida más plena, ¡bien posible! Hay muchos centros de ayuda y profesionales dispuestos a extender la mano para que la pesadilla quede, definitivamente, en el pasado.
¿Qué actitud tomas frente a la violencia verbal?
EL CALLEJÓN DONDE MURIÓ RICARDO ORTEGA
Por RAMÓN LOBO
HAITI.-El terremoto demolió la casa de enfrente y otras muchas del barrio pero el callejón donde murió Ricardo Ortega hace casi seis años se mantiene intacto. En él están aparcados tres vehículos. Un grupo de hombres se afana en las tripas de uno de ellos en busca de una avería. Las voces se cruzan con el ruido de las herramientas. Es extraño que la vida siga su compás a pesar de tanto muerto presente y pasado. Las puertas herrumbrosas que dan a la calle parecen una pésima defensa contra la mala suerte, la estupidez del gatillo fácil y el miedo. A pesar de su fragilidad son frontera firme entre dos mundos, el de los mecánicos que sobrevivieron y el de los que lo perdieron todo. Hasta allí llegan nítidos los cánticos de los oficios religiosos con los que se conmemora el primer mes de la catástrofe en Puerto Príncipe. Son bellos y tristes a la vez. Para ese tipo de dolor colectivo y profundo no sirven los muros.
Claude Verna y Emmanuel Valcourt recuerdan muy bien lo que sucedió aquel 7 de marzo de 2004. "Había una manifestación en el centro y se escucharon disparos. Aquí se refugiaron varias personas y dos periodistas extranjeros, uno americano y otro español. Después pasó un blindado americano por la calle y los periodistas asomaron sus cámaras por encima del portón para decirles quienes eran mientras pedían ayuda. Los americanos respondieron con un ráfaga. Ricardo cayó aquí, dice señalando un lugar en el que ahora hay una mesa, nadie pudo hacer nada por él. A veces vienen periodistas españoles con flores. Vino también un coronel que hacía muchas preguntas".
En la casa de Rue Lamarre 41-43 aún quedan marcas de aquellas balas. Claude las señala una a una. Dicen que Joseph Franois, que resultó herido por el mismo proyectil que mató a Ricardo Ortega, está milagrosamente vivo de nuevo. Antes sobrevivió a los americanos que venían a calmar Haití y ahora ha sobrevivido al terremoto que ha matado más de 200.000 personas, según los datos oficiales. Emmanuel deja las herramientas sobre el motor del coche y confirma el relato y la autoría de los disparos: "Ellos gritaban periodistas, pero los soldados americanos no les escucharon".
El callejón donde murió Ricardo Ortega es sucio, como casi todo Puerto Príncipe. Al fondo hay una casa pintada de azul y otra a la izquierda. Viven varias familias. Son pobres pero tienen suerte: nada se les hundió en la noche del 12 de enero. No lejos, en frente del palacio presidencial aplastado como si un gigante le hubiera dado un puñetazo en el techo miles de compatriotas acampan sus desgracias en espera de no se sabe qué. La ayuda que llega en grandes cantidades no se puede distribuir con tanta rapidez. Falta el Estado. Sobra desagracia.
Haití puede dar la impresión de ser un país violento. Es su estereotipo, una imagen que no concuerda con la actitud de unas gentes amables, de sonrisa fácil. La mayor violencia que padece el país más pobre de América no son las bandas de saqueadores ni los tumultos que se forman en la distribución de la comida o el agua sino la miseria constante, diaria y sin esperanza que padecen el 80% de los haitianos que viven por debajo del umbral de la pobreza.
A Ricardo Ortega no le mataron las balas de los chiméres de Jean-Bertrand Aristide, émulos lejanos de los tonton macoutes de Papa Doc Duvalier, sino balas del primer mundo, las nuestras. Como a Juantxu Rodríguez y José Couso. Al dejar atrás el callejón maldito, una nube de polvo blanco procedente del desescombro en una calle paralela lo cubre todo. Todo menos la tristeza y la memoria.
PAREJAS QUE CONVIVEN SUFREN MÁS CELOS QUE LOS CASADOS EN SU RELACIÓN
Débora Gutiérrez A.
Los celos son una emoción muy poderosa, dicen los expertos. Tanto que están detrás de muchas disputas y rupturas en las relaciones de pareja.
¿Pero difiere este sentimiento si las personas están casadas, son convivientes o simplemente pololean? Los resultados de un estudio realizado con más de 140 parejas en Estados Unidos aseguran que sí.
Tras analizar las respuestas sobre el nivel de satisfacción física y emocional en parejas que pololean, conviven o están casadas, investigadores de las universidades de Iowa y Columbia encontraron que los matrimonios y los pololos tenían menos posibilidades de pelear por celos que las parejas de hecho.
¿La razón? Anthony Paik, profesor asistente de sociología en la Universidad de Iowa, explica a "El Mercurio" que las personas que cohabitan tienen grandes expectativas de exclusividad sexual (al igual que las parejas casadas). Sin embargo, son mucho menos propensas a permanecer fieles. "También tienen menos niveles de compromiso; por lo tanto, ambas circunstancias conducen a una mayor prevalencia de conflictos por celos", añade.
Amor exclusivo
Aunque Ignacio Flores (33 años) y Claudia Vega (27 años) no tienen grandes disputas por celos, éstos sí son un tema en su relación de convivencia de casi dos años.
"Quizás el matrimonio, efectivamente, garantiza más fidelidad que la convivencia, y eso te da más seguridad, supongo. Pero nuestros celos son más bien una cuestión medio visual, si miras o no a esa chica, pero nada que afecte la relación permanentemente", reflexiona Ignacio.
En cambio, para Paulina Garrido (33 años) y Daniel Aguilera (38 años), un matrimonio de más de seis años, no existen celos porque el nivel de confianza que tienen el uno hacia el otro es muy grande.
"Esto tiene que ver con el compromiso que adquieres cuando te casas. Es un voto de fidelidad que lo haces con tu pareja pero frente a muchos testigos (tus padres, familiares y amigos); por lo tanto, hay una absoluta confianza de que se respetará", asegura Paulina.
Según Ximena Santa Cruz, terapeuta de pareja y de familia, este "convenio" en la relación que implica el matrimonio en una sociedad chilena que aún valora muchísimo este vínculo legal es como una especie de declaración pública de fidelidad.
"En la convivencia toda esta seguridad no existe, y por lo tanto, la posibilidad de que mi pareja me engañe no es tan lejana", analiza Santa Cruz.
Sensación de engaño
"Cuando una persona siente celos, básicamente lo que ocurre es que teme ser engañada, y en Chile aún persiste la idea de que si no te casas es porque no quieres comprometerte. Por lo tanto, el fantasma de los celos es más poderoso. Y eso pone en la cuerda floja a aquellas parejas que decidieron -voluntariamente- vivir sin legalizar su vínculo", explica Santa Cruz.
Claro que, de acuerdo con el estudio, cuando los celos se instalan en una pareja, las consecuencias son mucho más graves en los matrimonios que en los convivientes.
"Lo que vimos es que cuando los celos -sean éstos fundamentados o no- están instalados, el nivel de satisfacción física y emocional es significativamente menor en las personas casadas que en las que cohabitan con o sin conflictos de celos", dice Anthony Paik.
LOS MAYORES DE 65 NECESITAN
DORMIR MENOS PARA SENTIRSE BIEN
Por: Sibila Camps
Están jubilados, ya no tienen que recurrir al despertador para llegar a horario y, sin embargo, se despiertan temprano. Más temprano incluso que cuando trabajaban. ¿Costumbre? ¿Dificultades para disfrutar de esta etapa sin obligaciones? Nada de eso: para estar bien durante el día, los adultos mayores necesitan menos horas de sueño que los jóvenes.
A través de un estudio en 110 adultos sanos, investigadores del Centro de Investigación del Sueño de la Universidad de Surrey (Gran Bretaña) determinaron que por la noche, los adultos mayores (de 66 a 83 años) duermen en promedio 20 minutos menos que los de edad mediana, y 43 minutos menos que los adultos jóvenes. No obstante, no sienten somnolencia durante el día.
"La cantidad de horas necesarias de sueño está determinada en forma individual por la capacidad para realizar las tareas durante el día con un adecuado nivel de alerta, sin alteraciones de tipo cognitivo, con una respuesta adecuada a los estímulos y en un tiempo que se considera también adecuado", define el doctor Daniel Pérez Chada, director de la Clínica del Sueño del Hospital Universitario Austral.
El estudio mostró que los adultos mayores tardan 5' 30" más que los jóvenes en dormirse, y que sus etapas de sueño profundo -las de mayor efecto reparador- son más breves. Además, se despiertan más veces durante la noche, y les cuesta más volver a conciliar el sueño. Pero eso no significa que duerman mal.
"Es que el sueño como tal, no explica nada. Son las consecuencias -durante el día- de la carencia de sueño, las que diagnostican la situación", subraya el fisiólogo Daniel Cardinali, director de Docencia e Investigación de la Facultad de Ciencias Médicas de la UCA e investigador superior del Conicet.
"Lo nuevo de este estudio es que analiza cómo están las personas durante la vigilia -observa el biólogo Diego Golombek, director del laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes-. Uno de los cambios más grandes que hay con el envejecimiento es una disminución en la amplitud de los ritmos biológicos, incluido el ritmo sueño/vigilia: las diferencias entre lo que ocurre de día y de noche no son tan marcadas".
Cardinali completa que el sueño debe ser estudiado como un estado vinculado con el resto de las necesidades de las personas. "Con la edad hay una reducción importante del metabolismo y, por lo tanto, una reducción de las horas de sueño necesarias para recuperarlo", apunta.
"Mirar el sueño para diagnosticar que tengo insomnio es bastante equívoco -agrega el fisiólogo-. Puedo tener la impresión de que no duermo, pero la calidad del sueño se define por la calidad de la vigilia. El hecho de percibir que el sueño se interrumpe de noche, que es menos profundo, muchas veces preocupa a la persona. Pero si después se duerme nuevamente y tiene un día normal, le digo: 'Despreocúpese y aprovéchelo para alguna función que le sea útil', desde mirar televisión hasta leer". Los investigadores británicos señalan que, si bien aún resta determinar las causas de esta reducción del sueño asociada a la edad, el hallazgo puede tener importantes implicancias para las personas de edad avanzada que se quejan de insomnio, y que quizás ignoren que necesitan dormir menos.
"Los mayores tienden a tener sueño más temprano y a levantarse más temprano: esa primera luz del día ayuda a sincronizar su ritmo biológico", recalca Golombek. Así como hay personas que rinden durante el día (alondras), otras "funcionan" mejor por la noche (búhos). "El asunto es cuando quieren ir en contra de su 'alondrismo', aguantar, tratar de ir a la cama más tarde, o intentar volver a dormirse, en contra de su ciclo normal", comenta el biólogo. "Hay que despreocuparse del mito de dormir como un joven", tranquiliza Cardinali.