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Last updateMar, 12 Dic 2017 1am

Con tan derretido afecto

(Por Paty Blue Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.)
Llegué un poco tarde y no voy a negar que, a pesar de lo gordos que me caen los impuntuales, lo hice deliberadamente, porque a mí eso de las parrandas infantiles en donde los gritos, brincos y correderas solo son excedidos por la profusión de opciones de entretenimiento, el descarado tambache de globos y juguetillos varios, la abundancia de confites y los derroches monetarios en todos los rubros ornamentales que se tenga idea, no son precisamente lo que me detona el júbilo ni la gana de atestiguarlos en primera fila.

Lo bueno es que a mis años, cuando ya hasta mis descendientes cercanos rebasaron la edad para ocurrir a tales cuchipandas, nadie sería capaz de reparar en la ausencia de una viejilla reticente y avinagrada entre la nutrida concurrencia, ni falta que haría que la vetusta glotona cooperara con sus ávidas mandíbulas para dar cuenta de las hamburguesas, tostadas, aguas frescas, elotes, nieves, espiropapas y salchipulpos dispuestos para gratificar los apetitos vespertinos de quienes ocurrieron a manifestar sus parabienes y colmar un contenedor de media tonelada con coloridos regalos porque, a las usanzas de ahora, una triste mesa resulta insuficiente para sostener los presentes que cualquier humano merece cuando llega a su primer lustro de existencia.
Pero cuando el sujetillo homenajeado resulta ser el primer y celebradísimo nieto de una entrañable amiga a quien la abuelez parece haberle operado un rejuvenecedor efecto mucho mejor que someterse a una rectificación quirúrgica integral, no hay manera de sustraerse al entusiasmo con que lo convidan a uno, subrayando la importancia de contarnos entre la audiencia celebradora. Así que, conocedora de mis consabidos remilgos hacia tales y otros tantos eventos sociales que me alejan de mi decidida vocación de asceta consagrada a Netflix, me subrayó la imperdonable traición que cometería en caso de sustraerme a tan rumboso asunto, con la amenaza de llegar hasta borrarme de sus contactos en el feis. Y eso sí que es para poner a temblar a cualquiera.
De modo que obviando mis habituales retintines hacia algo más que no sea la reunión en cortito, con los prójimos suficientes para completar la cuarteta de dominó con todo y reta, retoqué mi arreglo mañanero y me lancé a localizar el sitio donde ocurriría el evento, al que llegué cuando el cumpleañero acababa de soplar las velas de su gigantesca tarta en forma de cancha futbolera, de la que la gentil abuela anfitriona seccionó, desde la portería hasta la mancha del penalti, para acomodarla en una caja de cartón y pedirme que hiciera llegar a los míos un trozo de aquella elaborada delicia que, de pasada, me resarciría de haberme perdido la botana, el ambigú y no haber alcanzado un magnífico bolo pletórico de atentados para la diabetes.
Aunque el inmerecido tributo me pareció excesivo y de no muy buena gana lo acepté, di por terminada mi breve participación en el convivio y con sumo cuidado acomodé el dichoso pastel en el asiento del copiloto, vigilando que no se fuera a deslizar con cada arranque o frenada. Pero el destino que siempre nos alcanza, o el karma que nos regresa lo que no acogemos de buena voluntad me pasaron la factura porque, agobiada por el infame calorón, en cuanto llegué a casa e intenté retirar la caja, advertí que el cartón se había reblandecido y comenzó a escurrir un líquido viscoso con sabor a chocolate. Desde ese día y sin haber podido desaparecer totalmente el rastro de semejante atentado, sigo preguntándome ¿desde cuándo y a quién demonios se le ocurrió hacer pasteles de nieve, y por qué quienes los andan regalando no avisan que en cinco minutos se desbaratan?

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