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Y para hablar de AMLO...

(Por: Pablo Latapí)
Hablar sobre Andrés Manuel López Obrador es todo un reto. No es fácil. Y es que se trata de un personaje que divide, polariza, fractura. Con él no hay medias tintas; quien lo apoya lo defiende a ultranza, y quien está en desacuerdo lo ataca vehemente.

Además, tanto los unos como los otros se descalifican entre sí de manera lapidaria. Eso conlleva López Obrador. Ave de tempestades. En no pocas ocasiones eso le ha costado perder preferencias.
Es un personaje que ha tenido la oportunidad de crecer y evolucionar (¡Ya es tanto tiempo en la brega!), y recientemente encabeza la mayoría de las encuestas sobre preferencias electorales para el 1 de julio. Es cierto que no es la primera vez, ya ha ocurrido en elecciones anteriores, pero ahora el entorno parece conspirar a su favor no por otra razón sino por el hartazgo y fastidio que provocan ya los partidos tradicionales y esos personajes de la política nuestra que con total cinismo e impunidad han saqueado el país por corruptos. Y que viven perdonándose entre ellos. Nadie se salva.
Y Andrés Manuel salvo errores puntales de reacciones bobas, como pretender señalar a dos destacados intelectuales como soldados de la mafia del poder (Silva Herzog y Krauze), va navegando con una bandera de paz, de adiós conflictos, de querer conciliar y reconciliar viejas ideas, y así va ganando la batalla.
La creencia en el consciente popular es que después de los gobiernos priistas y panistas ya no podemos estar peor; Andrés Manuel ya no podría ser más cínico, más simulador y más tramposo que el régimen de Enrique Peña Nieto.
Además, la mayoría de personas a quienes ha presentado como futuros colaboradores son gente probada, honorable, auténticas personalidades, con altas probabilidades de hacer un gran trabajo en caso de ocupar una cartera ministerial.
Pero el problema con AMLO empieza con su auténtico primer círculo y de ahí para abajo, los realmente colaboradores, una pequeña mafia ahora ex perredista que a su paso por el entonces Distrito Federal sembró una escuela de corrupción generalizada que ensombreció incluso a los regímenes priistas que habían gobernado la capital.
Los funcionarios de la Ciudad de México viven la cultura de "todo se puede conseguir con una aceitadita", con un moche. Obtener licencias, permisos, verificaciones, lo que usted quiera, se consigue abonando la cantidad adecuada al funcionario adecuado. Fundamentalmente en niveles medios y bajos, que es por cierto donde se opera la ciudad.
Es grosero ver por ejemplo cómo han proliferado los corredores informales de comida, puestos instalados perfectamente con anclaje en el piso, luz, gas y hasta teléfono, frente a negocios formales que tuvieron que hacer inversiones millonarias y conseguir todos los permisos que marca la ley.
Los morenistas (antes perredistas) manejan esa cultura.
A López Obrador y sus equipos de trabajo lo acompañaron importantes desarrolladores inmobiliarios, sospechosamente cercanos a él, lo que se tradujo en una proliferación pasmosa de centros comerciales y edificios de muy distintos usos.
Él, personalmente, no ha permitido que se conozcan los detalles de la mega obra del segundo piso; ese es el estilo.
Para pensarse. ¿Estaríamos igual o mejor?
Ya es difícil pronosticarlo, por eso es un reto hablar sobre él.

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