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- Ni perdón ni olvido

(Por: Jaime García Elías / El Informador)
El discurso de Andrés Manuel López Obrador, no queda claro si aconsejando, proponiendo, recomendando o imponiendo mediante decreto presidencial el perdón de los crímenes que con justificada razón tienen a la sociedad mexicana agraviada e irritada, vale para un predicador. Para un Presidente electo (a partir de hoy, precisamente), en cambio, es inadmisible. Es impropio de su papel. Es indigno del compromiso que asumió como candidato, cuando se pronunció por la irrestricta aplicación de la justicia, y que se formalizó cuando el voto popular respaldó mayoritariamente, en las urnas, su propuesta.
-II-

Esgrimir, como se proponía en vísperas de los foros con que López Obrador ha empezado a fungir, de hecho -aunque no de derecho- como Presidente (tomando decisiones e imponiendo criterios de gobierno), la consigna de "perdón y olvido", es una invitación a pasar por alto una de las funciones esenciales de la autoridad legítimamente constituida: aplicar la ley; hacer justicia.
El perdón consiste en la remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna deuda u obligación pendiente. Otorgarlo, por tanto, puede ser una decisión personalísima del agraviado o del acreedor, según sea el caso. No de la autoridad. Ésta tiene la obligación irrenunciable -subrayémoslo: irrenunciable- de utilizar el aparato de que dispone (las leyes, los legisladores, los agentes del ministerio público, las policías, los jueces...) para investigar, identificar a los delincuentes, aprehenderlos, procesarlos y sentenciarlos. Es así -y sólo así- como la autoridad puede aspirar razonablemente a disuadir a los potenciales delincuentes de repetir las conductas que atentan contra la sociedad y contra cada uno de sus miembros. La impunidad -es decir, la incapacidad del Estado para aplicar en todos los casos las sanciones previstas por la ley contra los infractores- es una confesión tácita de la incompetencia de la autoridad. Y lo más grave: es una cordial invitación tácita a repetir las conductas que se quiere evitar.
-III-
En cuanto al olvido, ni hablar. Aun en el caso de que todos los acreedores y todos los ofendidos decidieran perdonar a sus semejantes las deudas o los agravios, como esperan -según la oración consabida- que Dios perdone sus pecados, para olvidar (es decir, borrar de la memoria) no basta con la voluntad, puesto que la memoria (es decir, la capacidad de recordar) es una facultad natural del ser humano.
Colofón: un Presidente está para perfeccionar los mecanismos gubernamentales encargados de sancionar delitos; no para invitar a sus gobernados a perdonarlos.

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