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Los (no) consejos de alimentación en familia de una crítica gastronómica

Como en millones de hogares por todo el mundo, en casa de Bee Wilson, autora de «El primer bocado» (Tuner), la batalla en torno a la comida se libra con los hijos. «En esos momentos de estrés total, entre la vuelta de la escuela y el irse a la cama, cocino algo rápido con la esperanza de que le guste a todo el mundo.

Puede ocurrir que uno de mis hijos se queje porque hay berenjenas asadas, otro diga que le encantan y el tercero llore porque, aunque le gusten las berenjenas, están en contacto con un trozo de pollo y ya no se puedan comer», cuenta divertida.
Pero escribir este libro ha demostrado a Wilson que el potencial de mejora de nuestros hábitos alimentarios es inmenso. Y debe empezar, igual que el conflicto alimentario, en la propia cocina de la familia. Para empezar, explica en las páginas de su libro, debemos saber que comer bien es una habilidad que se puede aprender, aunque no es fácil, precisamente. Sin embargo, hay algunos aspectos generales de la alimentación que pueden tenerse en cuenta y adaptarse a las pasiones de cada cual. «Hay tres grandes directrices que a todos nos beneficiaría incorporar: seguir un patrón de horas de comida, atender a nuestras señales internas de hambre y saciedad en lugar de dejarnos llevar por señales externas como el tamaño de las raciones, y abrirnos a probar una variedad de alimentos», explica Wilson.
Filias y fobias
Uno de los grandes mitos que la autora rebate en sus páginas son las filias y las fobias personales hacia la comida. Según recoge en uno de los capítulos, hay un estudio realizado por la doctora Lucy Cook cómo se le puede dar la vuelta a la manía que los niños le tienen a la verdura. Y al parecer, hay esperanza. A juicio de Cook, buena parte de lo que se manifiesta como manías es una reacción al estrés de las comidas: «un plato entero de coliflor es una perspectiva horrorosa para alguien a quien no le guste esa verdura y, para ser realistas, tampoco se les puede exigir tanto a los niños», dice Wilson. El truco está, según Cook, «en separar las emociones de lo que hay encima de la mesa. «Se puede ir ofreciendo al niño distintos alimentos verdes para que los pruebe, y si lo hace, se le da una pegatina y se marca una casilla», propone. «Suele ser bastante efectivo».
Adultos y «superalimentos»
Otro de los tópicos que toca a lo largo de estas páginas es el tema de los «superalimentos», una palabra en boca de todos. En principio, es un término que se utiliza para comidas muy cargadas de determinados nutrientes. Pero para Wilson, es una estrategia de marketing, que intenta que te rasques el bolsillo comprando productos exóticos y por lo general, caros, como las bayas de goji o los brotes germinados porque además... « ¿Cuánta gente conoces que realmente coma bayas de goji cada día?», se pregunta ella. El verdadero superalimento, afirma, «sería uno que te guste, pero que además resulte que es sano: manzanas frescas y dulces, huevos duros con sal, espárragos tibios aliñados con sésamo y soja, o ensalada marroquí de zanahoria y ajo». «Cuantos más superalimentos de este tipo puedas introducir en tu repertorio familiar, mejor comeréis tú y tus hijos», añade.
«Si presionas a un niño para que se coma todo el plato de verduras, las aborrecerá»
Los (no) consejos de Bee Wilson para mejorar la alimentación y nutrición familiar extraídos del libro que, si hubiera justicia en este mundo, según The Sunday Times, estaría el primero en la lista de libros de dietas superventas:
1. Comer bien es una habilidad. Se aprende o no. Podemos trabajar esa habilidad a cualquier edad.
2. El azúcar no es amor, pero puede parecerlo.
3. Nadie está genéticamente condenado a comer mal. Las manías están más relacionadas con el ambiente que con la biología.
4. Comemos sobre todo lo que nos gusta (más o menos). Antes de poder cambiar lo que comes tienes que cambiar lo que te gusta. Y nunca te gustarán los alimentos nuevos si no encuentras el momento de probarlos. El hecho de que algo no te guste ahora no necesariamente indica que nunca te vayan a gustar.
5. Si quieres comer mejor, céntrate menos en la comida, y más en las reacciones que te despierta.
6. Nada sabe bien si se come en un ambiente de coacción. El secreto es conseguir que, en la medida de lo posible, la comida saludable y la comida apetecible sean lo mismo.
7. La mayoría de la gente come mucho mejor cuando la mayor parte de lo que come es casero. Pero este principio solo es válido si uno aprende como mínimo a hacer unas cuantas cosas además de cup-cakes.
8. Todo el mundo tiene tiempo para cocinar.
9. Come sopa.
10. Si es la hora de comer y dudas entre dos segundos, escoge el que realmente te guste. Y cuando estés lleno, para.
11. Los platos más pequeños —y las fiambreras más pequeñas y las copas de vino más pequeñas—, realmente funcionan (y permiten minimizar el desperdicio de comida en casa). Come la cena en platos para el acompañamiento y el postre en platillos.
12. No hay que celebrar todas las ocasiones felices con un pastel cubierto de azúcar.
13. Al introducir pequeños cambios en la dieta, hay que intentar evitar la mentalidad de privación. Excepto para el primer café del día.
14. Hacer ejercicio de forma habitual ayuda, desde luego. Pero de nuevo, encuentra una actividad que te guste tanto que te apetezca hacerla, en lugar de la que quema más grasa, pero te deja tan agotado que luego necesitas carbohidratos urgentemente.
15. Si quieres que tus hijos coman mejor, no les digas qué tienen que hacer, sino come mejor tú.
16. En general, nuestras formas de entender la alimentación infantil son demasiado cortoplacistas. Nos preocupamos de los próximos cinco minutos cuando deberíamos pensar en los próximos cinco años. Si presionas a un niño para que se coma todo el plato de verduras, le estás enseñando a aborrecer la verdura... Si le convences para tomar un pequeño bocado (y otro mañana, y pasado mañana, y al día siguiente), es posible que se convierta en consumidor de verdura para toda la vida.
17. Engatusar, insistir y lanzar indirectas no cambia la forma de comer de la gente. No funciona ni con niños ni con personas adultas.
18. Las niñas comen mejor si la comida deja de ser algo prohibido.
19. Los niños comen mejor si sus padres siguen esperando que coman verdura y los incluyen en las comidas caseras cuando se hacen mayores. O —todavía mejor— si consiguen que ellos mismos preparen las comidas caseras.
20. El hambre no es siempre una señal de alarma. Un día en el que no has notado un poco de hambre al menos en un par de ocasiones probablemente es un día en el que has comido demasiado.

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