Ahora los reos salen de las cárceles para, utilizando armas y vehículos oficiales, asesinar.
Armando Román Zozaya (EXonline)
No, no soy un malinchista. Tampoco le deseo mal a México. Al contrario: me encantaría que desplegara su potencial, que fuera un lugar próspero, seguro. Pero la realidad es terca: no pasamos de ser un país en el que nada funciona adecuadamente: un paisito. Por ejemplo, en el DF, la Secretaría de Educación Pública contrató a seis mil "maestros" de
primaria y secundaria que reprobaron el correspondiente examen de colocación. Igualmente, ahora los reos no nada más siguen delinquiendo desde las cárceles, por la vía telefónica, sino que también salen de ellas para, utilizando armas y vehículos oficiales, asesinar. Asimismo, hace 75 días que fue secuestrado Diego Fernández de Cevallos y, a pesar de que se trata de un delito que se persigue de oficio, las "autoridades" no han hecho nada al respecto. Paralelamente, después de que, haciendo valer la ley, el gobierno negó al señor Martín Esparza la toma de nota como líder del SME, ahora resulta que siempre sí le darán dicha toma, lo que es producto de los chantajes y las amenazas del sindicato.
No, en México nada funciona: ni la ley ni los políticos ni la impartición de justicia ni los ciudadanos, etcétera. ¿Es justo lo que ocurre, lo merecemos? Según el señor José Narro, rector de la UNAM, México no merece lo que padece. No estoy de acuerdo: claro que merecemos lo que nos pasa; no hemos comprendido, ya sea porque no queremos o no podemos, que nuestra realidad es responsabilidad nuestra. Por ejemplo, uno de nuestros problemas más graves consiste en que la legalidad es muy endeble. ¿Quiénes no hacen valer la ley? Las autoridades. ¿Quiénes se aprovechan de que la ley no valga? Muchos, muchísimos, supuestos ciudadanos. ¿De dónde son las autoridades y los ciudadanos? Son mexicanos, ni más ni menos. ¿Y por qué importa que la ley no importe? Porque sin ley todo es posible, todo es negociable, todo tiene precio.
Vivir así resulta en que la situación sea una en la que los fuertes, los gandayas, los que son egoístas en exceso, los que no tienen escrúpulos y los que no respetan ni a nada ni a nadie, sean los amos del país. Por eso, por ejemplo, México es un paraíso para los tratantes, los pederastas y los explotadores, como lo dijo hace unos meses la diputada federal Rosi Orozco, del PAN. Claro está que no todos los gandayas, criminales, etcétera, son iguales: algunos son capaces de violar a un niño con tal de hacer dinero mientras que otros se limitan a manejar alcoholizados, pasarse los altos, tirar basura en la vía pública, manosear mujeres en el transporte público, etcétera. Pero todo es resultado de lo mismo: no hay ley; somos un paisito. Como tal, estamos a merced de la gente que nos rodea: si esa gente es tranquila, pacífica, etcétera, no hay problema alguno. Pero si se trata de delincuentes o de personas abusivas, la situación es muy difícil: no hay límites, fronteras legales, entre ese tipo de gente y quienes no hacen mal a nadie. Un paraíso, pues, para quienes no respetan nada.
Más vale que comprendamos, de una buena vez, lo mal que estamos, y que hagamos algo al respecto. Así, no dejemos de exigir a las autoridades, jamás, que trabajen adecuadamente. Y, por favor, aprendamos a respetarnos mutuamente. De lo contrario, México no dejará de ser lo que es: un pequeño paisito.
*Analista
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