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Tacones a la basura

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Hay que exigirnos chambearle a la relación para mantener la llama constantemente encendida

Anna Bolena Meléndez  (EXonline)

  

     ¿Cuántas veces nos ha pasado que, de tener sexo en cada rincón del planeta, se nos acaban las ganas y hasta empeño hay que ponerle para levantar el mood cachondón? Pues de eso quiero platicarles, un problema que todas las parejas atraviesan en algún punto del camino, pareciera que quemamos todos los cartuchos de la pasión y de repente nos da una flojera terrible siquiera pensar en encuerarnos. Hay varias razones, pero retomaré las más comunes:

La primera es que entramos en una zona de confort. Cuando estamos conociendo a alguien nos mantenemos muy bonitas, perfectamente maquilladas, trepadas en los tacones más chulos de nuestro armario, labios brillantes y sabroseándonos todo el día. Ellos nos ven hermosas porque lo estamos, siempre perfectamente depiladas, no importa en qué momento nos agarren detrás de una puerta, nuestro cuerpo está listo para cualquier tipo de acción. Las miradas seductoras son pan de todos los días, las manos vuelan por nuestros cuerpos y el horno permanece a ciertos grados centígrados. Esta etapa la conocemos como color de rosa, cuando el famoso zsa zsa zsu está a todo lo que da y tanto

 hombres como mujeres tenemos un solo pensamiento: sexo. Al querer estar desnudos por más tiempo, hacemos ejercicio, nos alimentamos bien, incluso agarramos rutinas de pareja como salir a correr, tomarnos el licuado de proteínas en la mañana y entrenamos cada que podemos en nuestro ring privado: la cama.

Pero llega un momento en el que uno de los dos rompe el hielo y se desencadenan una serie de comportamientos que comienzan a atacar duro y a la cabeza a la libido, justo ese momento en el que un día de frío los obliga a correr al cajón de los calcetines y dormir con ellos. O peor, hacer el amor utilizando nada más que esos tines que seguramente tienen un hoyo de tanto caminar descalzos. Luego no falta que las chicas olvidamos desmaquillarnos de noche, incluso comenzamos a sacar esas pijamas que solamente utilizamos cuando ponemos nuestra serie favorita y nos disfrazamos de mimos con la mascarilla del día. Esos atuendos con los que de plano ni la puerta abrimos, pero que curiosamente cuando entramos en esta zona de confort comenzamos a sacar más seguido. Sudaderas gigantes que no combinan con los pantalones, calcetines de motitas, chongo de Pebbles y rimel regado de todo el día. Yo quiero saber, chicas, a qué hombre se le va a antojar que la Chimoltrufia lo acompañe en su cama, qué hombre va a mirar con ojos de pasión a su pareja en ese desaliñe.

El tema es que no sólo las mujeres somos las que nos convertimos en brujas escaldufas, ellos también se dejan crecer la panza y se empiezan a vestir como si compraran en la tienda de usado. Ese príncipe que olía delicioso, con la barba perfectamente rasurada, de repente parece recluso y, aunque el amor es lo que nos hace perdonar esas actitudes, el sexo se ve perjudicado.

Otra de las causas es que volvemos rutinario el sexo, lo confinamos a la misma cama, la misma posición y cada vez menos tiempo de juego previo, como si fuera una obligación de la que tenemos que salir para que no se diga que no se cumple en la habitación. Olvidamos los masajes eróticos, las pijamas sexis, los juguetes, las miradas, las caricias, los arrebatos de pasión... Pero no podemos pretender que esto se dé como en un principio, a partir de cierto tiempo, justo cuando vemos que andamos cerca de la zona de confort tenemos que empezar a trabajar para no perderlo y volverlo una constante. El sexo no es obligatorio, no hay que agendarlo, hay que sentirlo, hay que mantener esa chispa prendida para que la libido no mengüe.

Hay que exigirnos, como pareja, chambearle a la relación, mantener el cuidado físico, la higiene, las palabras cachondas, las manos ansiosas y las sorpresas sensuales para mantener la llama constantemente encendida. Es obvio que nunca volverá a ser como al principio, ese rush pasional solamente se vive con la novedad, pero eso no quiere decir que el sexo se tenga que volver aburrido, incluso puede convertirse en algo aún más intenso porque con cada incursión conocemos nuevas cosas de nuestra pareja...

Ahí se los dejo de tarea, para que piensen y retomen esa cachondería que tanto sabor le pone a la relación, no tiren los tacones y el maquillaje a la basura, vuélvanse a montar en ellos y a ponerse sexis para su amorcito.

 

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